Editorial: El capitalismo bien entendido

El término capitalismo deriva del latín caput, que significa cabeza, aludiendo al ingenio humano, al esfuerzo mental que hacen las personas para asignarle valor o precios en dinero a los bienes y servicios que intercambian voluntariamente, buscando satisfacer gran parte de sus necesidades básicas y complementarias.

Por ello, el capitalismo no sólo se refiere a lo material, a los bienes de capital, a la parte de nuestro patrimonio dedicada a producir riqueza, como sucede con las fábricas, las máquinas, los tractores o los computadores, sino que, además, se fundamenta en una conciencia ética y moral. El orden económico capitalista presupone un orden moral previo. Es como una planta exótica que requiere de un ambiente muy especial y muy delicado para surgir, florecer, producir sus mejores frutos y perdurar en el largo plazo. Se trata de un entorno social, moral y cultural, sustentado en principios, valores, costumbres, tradiciones y virtudes, como la dignidad humana, la confianza, la empatía, la justicia, la paz social, el respeto por los proyectos de vida ajenos, el cumplimiento de la palabra y de los compromisos asumidos, la laboriosidad, la disciplina, la honestidad, el sometimiento a la ley, la responsabilidad personal, la frugalidad, el ahorro, la caridad, la solidaridad voluntaria, el afecto y la unidad familiar, la visión de largo plazo, el respeto por las tradiciones y la protección del medio ambiente. Sin esto, el capitalismo se pervierte, se marchita y muere.

En consecuencia, decir que el capitalismo es salvaje, que en el libre mercado rige la ley del más fuerte y la inseguridad absoluta, especialmente para los más pobres y vulnerables, es una idea totalmente equivocada, aunque bastante extendida. El capitalismo no existe en la selva, sino en la civilización. No florece en contextos de tiranía, de robo, de trampa, de envidia, de desconfianza, de violencia o de abusos por parte de los poderosos, sino donde impera o predomina la libertad individual, la seguridad personal, la justicia, la garantía del cumplimiento de los contratos y la protección efectiva de los derechos y las propiedades.

El capitalismo no fue diseñado ni creado deliberadamente por nadie, sino que es fruto de la evolución, del conocimiento acumulado, de la interacción de millones de personas a lo largo de muchas generaciones. Este sistema de organización espontánea no es perfecto, ni lo pretende ser, porque no se origina en un ideal utópico o en modelo imaginario de altruismo universal abstracto, como el socialismo, sino que es la consecuencia práctica, siempre limitada e imperfecta, de la difícil adaptación a las circunstancias complejas y cambiantes de la realidad. Su resultado, allí donde más predomina, ha sido la mayor creación de riqueza y la más impresionante disminución de la pobreza que se haya conocido en toda la historia humana.

Correctamente entendido, el auténtico capitalismo es el que va más allá de la prosperidad material. Es aquel en el que cada uno está activamente comprometido con su entorno, no sólo de negocios, de empresas, de consumidores, proveedores y empleados, sino también con toda su comunidad y su cultura, con las familias, con las asociaciones voluntarias, con el estado y con la política, teniendo siempre presente el respeto por el medio ambiente.

En este contexto, siguiendo al teólogo católico, Michael Novak, en su libro, Los negocios como vocación, las empresas, conscientes y ejemplares, dentro de un verdadero sistema capitalista, son las que tienen claras sus responsabilidades morales, tanto internas como externas, teniendo en cuanta que no son una iglesia, ni un estado, ni una organización de beneficencia. Entre sus principales obligaciones morales internas, o sea las que surgen de su propia naturaleza, están las siguientes:


  1. Satisfacer a los clientes con bienes y servicios de valor real.

  2. Obtener un rendimiento razonable de los fondos confiados a la empresa de negocios por parte de sus inversores.

  3. Crear nueva riqueza.

  4. Crear nuevos empleos.

  5. Derrotar la envidia generando movilidad hacia arriba y creando de una base empírica bajo la convicción de que el trabajo duro y el talento son justamente recompensados.

  6. Promover la invención, la creatividad y, en general, “el progreso en las artes y las ciencias útiles”.

  7. Promover con inteligencia una diversidad saludable de intereses económicos.


Además, las empresas y los trabajadores capitalistas tienen siete grandes responsabilidades morales externas, o que van más allá de los negocios:


  1. Establecer dentro de la empresa un sentido de comunidad y respeto por la dignidad de las personas.

  2. Proteger la atmósfera política de la libertad.

  3. Servir de ejemplo en cuanto al respeto por la ley.

  4. Ser justos.

  5. Comunicarse a menudo y francamente con sus inversionistas, accionistas, pensionados, clientes y empleados.

  6. Contribuir a hacer de su propio hábitat social y de su medio ambiente natural, un lugar mejor.

  7. Proteger la ecología moral de la libertad.


Así pues, el capitalismo, bien entendido y practicado, no es el mundo mezquino, rapaz, sin alma, sin ética y sin valores morales que a menudo caricaturizan sus detractores, sino que es un sistema inseparable de las virtudes humanas más exigentes y elevadas, aquellas que hacen posible la convivencia responsable, civilizada y en libertad.

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