Cuarentena sin control de precios y sin colapso económico

Uno de los problemas económicos derivados de la crisis mundial actual, producida por la pandemia del coronavirus, es el creciente aumento de precios e incluso la escasez de algunos productos de la canasta familiar y de ciertos artículos para la salud, la higiene y el aseo, como tapabocas, jabón o gel antibacterial, alcohol o guantes.


Ante esta difícil situación, muchos exigen a los gobiernos imponer controles estatales, con límites máximos a los precios de esos productos y no faltan quienes piden que se persiga y se castigue penalmente a los especuladores y acaparadores de esos artículos.

Ahora bien, la experiencia enseña que este tipo de restricciones artificiales al mercado, o sea a los intercambios libres y voluntarios que todos realizamos para satisfacer nuestras necesidades, terminan empeorando la situación, produciendo más escasez, desabastecimiento y creando mercados negros.

Los precios son señales o guías que no solo representan lo que debemos pagar por algo, sino que también muestran la relativa escasez o abundancia de un bien o servicio, o la valoración de algo disponible en el mercado. En consecuencia, cuando se imponen controles de los precios, estas señales se alteran o se distorsionan, generando desequilibrios en el mercado, con excesos de demanda o de oferta, según el caso.

Por ejemplo, si en la actual coyuntura de la cuarentena por el coronavirus, el gobierno decidiera establecer un precio máximo a los productos básicos de la canasta familiar o a los implementos de salud e higiene, como los tapabocas o el gel antibacterial, porque se están volviendo temporalmente más escasos de lo normal, buscando que estén al alcance de todos, especialmente de los más pobres, el resultado será justo el contrario: habrá muchos consumidores interesados en adquirirlos, pero cada vez menos productores dispuestos a fabricarlos y venderlos, creando un mayor desabastecimiento. La razón de esto es que si los precios de esos bienes no pueden aumentar más allá de determinado punto, porque una ley así lo establece, no habrán incentivos económicos suficientes para que los fabricantes de esos artículos aumenten su producción o para que se incremente el número y la variedad de productores, incluyendo las importaciones. Esto terminará por generar escasez. En cambio, si lo precios pudiesen variar libremente, el aumento en el precio de los mencionados productos, rápidamente les enviará un mensaje a los fabricantes de esos bienes para incrementar su producción, haciendo que entren más productores a competir en la comercialización de esos codiciados artículos, llevando a que su precio tienda a bajar en un tiempo relativamente corto.

Ahora bien, el problema que enfrentamos con la crisis actual del llamado coronavirus, es que tenemos empresas y fabricas paradas por la cuarentena, con lo cual hay un freno a la producción y, por ende, a la posibilidad de abastecer libre y adecuadamente la demanda creciente de ciertos productos. Por ello, si bien las restricciones sanitarias, las medidas de distanciamiento social obligatorio y las cuarentenas son necesarias como medidas de emergencia, tampoco deben ser demasiado prolongadas, porque pueden resultar remedios peores que la enfermedad. Hay que buscar un equilibro sensato, responsable y ponderado entre estas duras aunque indispensables medidas de emergencia y la continuidad de la actividad económica. Ambas cosas no son excluyentes, sino complementarias, pues ambas son necesarias para la vida y la salud de las personas. Al respecto, resulta muy sugestiva la propuesta del premio Nobel de economía, Paul Romer, de hacer énfasis en la masificación de las pruebas y de la producción de artículos y prendas protectoras. Según Romer: “El objetivo del distanciamiento social es reducir la probabilidad de que una persona infectada tenga contacto con personas no infectadas. Pero si no tenemos una idea clara de quién está infectado y quién no, todo el mundo tiene que distanciarse de todo el mundo. Si en cambio sabemos quién está infectado, podemos ponerlos en cuarentena y si es necesario darles tratamiento, y dejar que todos los demás continúen interactuando entre sí”. Por lo tanto, el verdadero reto, como bien dice, Andrés Mejía Vergnaud, es adaptarnos rápidamente al coronavirus. El ser humano ha demostrado ser especialmente hábil para adaptarse a casi cualquier circunstancia, por difícil que sea.

Así pues, estar en contra del colapso económico que producirían cuarentenas muy prolongadas no es ser un codicioso mezquino despreocupado por la vida y la salud de las personas. Al contrario, si todos nos empobrecemos aceleradamente estaremos en peores condiciones para enfrentar las plagas y enfermedades, con muchos más muertos por coronavirus y otras causas, especialmente entre los más vulnerables. Cuidar la economía, garantizar que opere lo más libremente posible e impedir su colapso, estimulando la creación honesta y masiva de riqueza, que sólo es posible con precios libres, es una condición necesaria aunque no suficiente para proteger la vida y la salud de las personas, en particular las más pobres y necesitadas. ¡Sí a las cuarentenas y a las restricciones temporales de urgencia, pero sin impedir la libertad de precios y sin colapsar la economía, que es el sustento de todos!


Por Juan David García Vidal



Juan David García Vidal, es abogado, con maestrías en derecho económico y negocios internacionales en la universidad de Georgetwon y en relaciones internacionales en la Universidad Externado y el Instituto de Estudios Políticos de Paris. Ha trabajado en el Banco Mundial, ha sido catedrático en la Universidad EAFIT, actualmente es conferencista, asesor jurídico y director académico de LIBERTANK.

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